
Hay preguntas que parecen inocentes pero no lo son. “¿Cuándo llegará el orgullo heterosexual?” es una de ellas. Formulada con una sonrisa condescendiente, a menudo por alguien que se considera tolerante, la pregunta revela, bajo su aparente ironía, una ignorancia monumental sobre lo que sigue ocurriendo a quienes no se ajustan a los cánones de la heterosexualidad normativa. Responderla requiere paciencia, datos objetivos y la voluntad de observar la realidad sin los filtros de la comodidad de la mayoría.
Empecemos desde el principio. El mes de junio no fue elegido al azar. En la madrugada del 28 de junio de 1969, en un bar del barrio de Greenwich Village en Nueva York, estalló la Rebelión de Stonewall. La policía allanó el Stonewall Inn —uno de los pocos espacios donde las personas LGBT podían simplemente existir— y se topó, por primera vez, con una resistencia organizada. Las protestas y los enfrentamientos que siguieron duraron varios días y se convirtieron en símbolo de resistencia contra la discriminación y la violencia que sufren las personas LGBTQIA+. Lo que nació allí no fue una fiesta. Fue una trinchera.
Más de medio siglo después, la lucha continúa y sigue siendo necesaria. En Puerto Rico el discurso de odio anti-LGBTQIA+ y transfóbico se ha intensificado, especialmente a través de comentarios hostiles e intentos reiterados de bloquear medidas legales en materia de igualdad. El discurso en torno a la denominada “ideología de género” está también en el origen de un aumento del 185% en el contenido anti-LGBTQI+ en redes sociales entre 2019 y 2022, gran parte del cual circula con una violencia, un impacto y una difusión vinculados —aunque no exclusivamente— a individuos de extrema derecha.
La desinformación no es neutral: tiene consecuencias directas en la vida de las personas, especialmente de las más jóvenes y vulnerables. En Puerto Rico, la comunidad transgénero carga con el peso más brutal de esta violencia. En un período de apenas 15 meses, se registraron al menos 10 asesinatos de personas LGBTQ en la isla, el mayor número de crímenes de este tipo en una década. Puerto Rico llegó a concentrar seis de los 44 asesinatos contra personas transgénero registrados en todo Estados Unidos en un solo año, pese a representar menos del 1% de la población del país. En enero de 2024, el asesinato de una mujer trans en Santurce fue investigado como posible crimen de odio, mientras activistas denunciaban que la Policía continuaba revictimizando a las víctimas al referirse a ellas con el género incorrecto en los reportes oficiales. Solo uno de estos casos derivó en arrestos, y fue procesado por el Departamento de Justicia federal, no por las autoridades locales. Estos no son datos abstractos. Son nombres, familias, comunidades. Los nombramos para que no se olviden.
La pregunta por el orgullo heterosexual parte de una premisa falsa: que estamos en igualdad de condiciones. No es así. Nadie pierde su trabajo, su familia, su salud mental ni su vida por ser heterosexual. La heterosexualidad no necesita visibilidad porque nunca se la ha invisibilizado. Nunca se la ha criminalizado. Nunca ha sido objeto de terapias destinadas a corregirla.
Marchar en junio —o en cualquier otro mes— es un acto político en el sentido más estricto del término. Es una afirmación de la propia existencia, de los propios derechos, de no permitirse desaparecer por decreto o por presión social. Para muchos, es literalmente una cuestión de supervivencia. Para quienes no necesitan esa afirmación, solo queda una tarea: comprender por qué otros la necesitan y apoyarlos.
No hace falta ser gay, lesbiana o trans para entender esto. Solo hace falta ser humano.

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